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¿Qué entendemos por psicología trans-personal?

Por Marie-Michele Jolibert
mmj@tinet.org
 
Puede que nazca de la necesidad de indagar en lo que consideramos como insatisfactorio, reconociendo que la afirmación de James Hillman años atrás: “We’ve had one hundred years of psychotherapy and we’re worse tan before” nos obliga a pasar por la puerta hacia lo desconocido. La finalidad de toda práctica hacia otras dimensiones reside esencialmente en encontrar la luz interior que cada uno de nosotros lleva, sin saberlo, en si mismo.

El psicoanálisis, por ejemplo, se limita simplemente a adaptar al individuo a la vida ordinaria, a la vida “normalmente conocida”. Recuerdo un seminario sobre Lacan donde el ponente, psicólogo, en el desarrollo de su exposición, se quedaba invariablemente colgado en cierto punto: el anhelo emergente de algo distinto. Preguntándole sobre ello, contestó que su trabajo no le permitía seguir más allá. Era honesto. Se reconocía limitado: ¿buscaba él también? Seguramente, pero supongo que tampoco se decidía a dejar lo que había conseguido a través de años de estudios costosos en esfuerzo y, digámoslo, en pensamiento encarrilado. Ah! Porque aquí estamos: ¿quién es capaz de saltar al vacío para probar unas alas para él inexistentes? ¡Sería de locos hacerlo! Sin embargo “te crecerán” dice el refrán. Por algo será.

Algunos se acomodan y se satisfacen en lo adquirido, conservándolo y mejorándolo, son los depositarios de tradiciones, las que nos estructuran y nos dan referentes y sin los cuales estaríamos sumergidos en el caos, en el “no man’ s land”. Otros lo abandonan en busca de lo nuevo, de lo desconocido, son los pioneros, los buscadores de verdad, los inconformistas. Gracias a ellos la humanidad da un paso adelante. Pero ¡cuidado! ¿Significa eso que llegan a la Verdad? Como dirían los chinos: “sí, pero no”.

No puede haber aventura gratificante si no hay equipaje mínimo seguro. No puedo irme al Polo Norte con un cepillo de dientes. Lo mismo ocurre en la búsqueda que nos ocupa: puedo ir más allá del yo sólo si este yo me soporta, me sostiene, me despreocupa, se equilibra, como un buen taburete donde me puedo subir sin miedo para alcanzar lo que vengo a buscar en lo más alto de mi estatura.

Y trabajar con este pequeño “yo”, puede llevarnos toda una vida en el mejor de los casos. Es una obra de arte, desde luego y como buen escultor nos toca sacarlo de la piedra donde duerme, y transformarlo en herramienta de nuestra consciencia. Y digámoslo ahora: entendemos por psicología trans-personal el espacio regentado por los estados diferenciados de consciencia.

El mundo del pequeño “yo”, es el mundo del deseo. Como los niños chicos que siempre van pidiendo satisfacciones y experiencias, así somos también de mayores y no significa por ello que dominemos el significado de la responsabilidad. Asumimos obligaciones una tras otra, que con el paso de los años, acaban por ahogarnos. Damos bandazos a ciegas, ya sea en el campo afectivo, social o laboral. En este nuevo caramelo-trampa que nos ponen ahora por delante: el ocio como sinónimo del binomio placer-felicidad..

Elevarnos por encima del mundo del deseo es lo que nos va permitir descubrir otros espacios de consciencia. ¿Cómo se consigue? Trabajando sobre uno mismo sin descanso y cambiando nuestra mirada sobre el mundo que nos rodea. Obedeciendo a la Ley del Tres, estamos compuestos de un cuerpo físico, uno energético y otro espiritual. Es todo tan sencillo como que mi cuerpo es el automóvil, el alma la gasolina y el espíritu el lugar dónde me dirijo. ¿Quién orquestra? el que está sentado al volante.

Si yo entiendo mi alma, como transportador de mis emociones, tendré acceso a mi espíritu-consciencia. Pero para ello hay que tener un carburador a punto: no soy ni mi cuerpo físico, ni mi alma, ni mi espíritu: soy la suma de los tres. Y nada puede funcionar si me falla uno de ellos. Por lo que debo preocuparme de mantener mi cuerpo en buena salud, de tener un impulso afectivo equilibrado – o por lo menos saber el por qué de su desorden y vivirlo como tal- y asumir mis responsabilidades como útiles para forjar mi anhelada libertad.

La mente, en la mayoría de los casos emperatriz del mundo del deseo, se convierte entonces en la comprensión de las responsabilidades, en herramienta de la consciencia. La astrología nos ayuda en “materializar” este proceso por medio de 3 planetas trans-personales: Urano (los acontecimientos sorpresivos), Neptuno (el anhelo místico) y Plutón (la fuerza primigenia) quienes, a nivel humano, permutan en problemas, imaginación y poder.

¿Cómo puedo convertirme en dominador de estos conceptos elaborados por la ignorancia de mi mente? Pues eso: cultivándola, llevándola a espacios desconocidos, amansándola con la reflexión que lleva al discernimiento. Todo es mente decía el Kybalion y el último emperador de china proclamaba a sus 7 años “Yo soy el que pienso que soy”. Si uno no busca conocer un estado de ser o de consciencia diferente- y puede que a la larga superior- al que es el suyo por costumbre seguirá inmerso en un conocimiento dispensado por los sentidos y el deseo. No se permitirá el acceso a un conocimiento que le dará las respuestas a su cuestionamiento latente referente al enigma de la manifestación, de la muerte y de la felicidad, muy diferentes en calidad de las que se ha habituado a conocer.

Debemos comprender que nos enfrentamos a un salto cualitativo entre lo que somos “normalmente” y un estado diferenciado ligado a un sentimiento distinto de uno mismo que no es el resultado casual de unas condiciones idílicas ni tampoco de una mera aproximación psicológica, sino de una experiencia totalmente fuera de lo común la cual, para poderse manifestar, necesita cierto grado de silencio interior que sólo se conseguirá a través del ejercicio constante de la concentración.

Mientras permanezcamos en el mundo habitual de los deseos, no podremos entender y alcanzar una realidad que sólo reside en nosotros mismos, en lo que llevamos de más alto, que debe convertirse en nuestro apoyo, fuente de nuestro eje y que no existe en el mundo tangible de nuestras costumbres y de nuestro concepto erróneo del mundo físico y de nosotros mismos.

Las enseñanzas orientales que han ido más lejos que Occidente en el análisis y conocimiento de la psique humana, nos ayudan en acallar la verborrea interior obsesiva, el auto-compadecimiento y los pre-juicios heredados de los cuales debemos esforzar en liberarnos si deseamos tener suficiente disponibilidad interior para dejar paso a algo más elevado que late, al principio imperceptiblemente, en nosotros mismos.

Terminaré con esta cita de Arturo Capdevila: “Desparramé las horas, desperdicié mi vida. Porque ignoré que el humo es la vejez del fuego. Que nunca sea fuego quien tiemble de ser humo.”

Namasté.