La espiral evolutiva,
el desarrollo de la consciencia
en un marco universal de leyes
Por Sinesio Madrona Rodenas
Resumen
El origen de esta teoría no se produce en el seno del discurso tradicional de la psicología. Este discurso tradicional, como el de cualquier otro saber, está autocentrado en la propia materia de estudio y tiende a ignorar la realidad del universo tal como lo conciben otras ciencias. Por el contrario en la teoría que les presento son su base de partida. En esta teoría el crecimiento y evolución del ser humano y el desarrollo de su conciencia se concibe dentro que una curva espiral especificada matemáticamente: Edad = 1/60 ( J 2 /90 + J ) e inmersa en el simbolismo y estructura astrológica de geometría dodecanaria. Gracias a esta disposición el desarrollo evolutivo humano se presenta como una serie de subciclos repetitivos que se disponen simétricamente en torno a un eje central y se integran en un ciclo mayor. Debido a ello fases semejantes en el desarrollo de la conciencia se repiten formando un ritmo musical y mandálico que puede ser al mismo tiempo objeto de estudio riguroso por la ciencia objetiva y sujeto de contemplación para la meditación trascendente. Es una teoría integradora en la que sea aúnan las percepciones de los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro. Surge así una descripción binocular (Bateson 1998) de la conciencia desde una perspectiva, al mismo tiempo, objetiva y subjetiva.
Presentación
En el pasado he estado muy empeñado en presentar esta teoría ante los medios académicos oficiales con la adecuada asepsia científica (mi fuerte inclinación racionalista, al fin y al cabo). Hace unos pocos años estuve haciendo los cursos para el doctorado en filosofía y puede captar más profundamente (de forma vivencial) la actitud racionalista que predomina todavía en nuestra cultura. En el último año un profesor de la facultad de psicología, con el ánimo de ayudarme a ver mi situación, me dijo que en los medios oficiales a la gestalt (soy terapeuta gestalt) se la veía más o menos como una secta y que a mi espiral se la podría calificar como un delirio. No obstante, gracias a esta experiencia, he podido superar mi empeño de presentar esta teoría como si –supuestamente– poseyera las cualidades que hicieran de ella una teoría aséptica capaz de ser entendida en los medios de la ciencia oficial al uso. Ello me ha llevado a darme cuenta de que hay dos puntos o consideraciones que deben ser tenidos en cuenta.
El primero es que esta teoría difícilmente puede ser considerada con la asepsia que pretendía. Según creo ahora, la teoría presente implica una nueva cosmovisión del universo (en verdad, muy antigua), del ser humano y de la realidad en la que estamos inmersos. La consideración de que existe una estructura semejante –que puede ser contemplada desde la teoría sistémica– en la materia (desde la física cuántica hasta la biología, pasando por la cristalografía) y en la conciencia es una revelación que nos pone en contacto con los misterios del universo que siempre han preocupado al hombre (Laszlo, 1997). Por una parte disponemos de una ecuación matemática que nos lleva esa consideración cosmológica al terreno que podría contemplar una ciencia objetiva más abierta. Por la otra los sentimientos míticos y religiosos que la humanidad ha venido desarrollando a lo largo de las eras tendrían así un marco que podría ser considerado, objetivamente, como parte del desarrollo humano dentro de una concepción global –sistémica– de la realidad que estaría más allá de la ciencia y el mito. Esta observación me lleva al segundo punto que quiero expresar en esta presentación.
Creo que esta espiral es una muestra del nuevo lenguaje de la Era Acuario. No es suficiente con rescatar mitos, mancias, conocimientos esotéricos, ritos, costumbres populares, etc. Han de ser reinterpretados y reescritos en un lenguaje nuevo en el que participe tanto la ciencia y sus esquemas objetivos y matemáticos (del hemisferio izquierdo del cerebro), como la percepción empática del hemisferio derecho del cerebro. La quiebra griega de nuestra cultura ha supuesto la diferenciación entre las percepciones de la realidad que obtenemos con cada uno de los hemisferios cerebrales. Ello nos ha llevado a poder desarrollar el conocimiento que es capaz de obtener de la realidad el hemisferio izquierdo. Ahora es necesario desarrollar un nuevo lenguaje (antiquísimo, en realidad) –transmental y transemocional– que incluya la visión total de la realidad. Una visión que es emotiva y racional al mismo tiempo. Una visión en la que el sujeto y el objeto están implicados y son inseparables. Una visión en la que el hecho de estar implicado personalmente no excluye la objetividad, en la que la objetividad y la subjetividad (y cualquier otra dualidad al uso de la conciencia racional) confluyan. Una visión que está más allá de la dualidad y que, por lo tanto, hay que contemplar sin categorías, en una fusión mente-cuerpo-universo. La recuperación de una visión personalizada, como dice Hillman (1999), en la que los conceptos y las referencias a la realidad vuelvan a tener vida.
Acuario es un signo que rige la arqueología y la reinterpretación e incorporación de lo que descubre a la luz del conocimiento actual. Lo que estoy proponiendo es una arqueología de las ideas: descubrir lo que nuestros ancestros observaron sobre la realidad, incorporarlo a nuestra experiencia y describirlo de acuerdo con un lenguaje más universal, como es el de la ciencia. No es algo muy diferente a un trabajo de traducción; pero una traducción que implica la transformación del ser que traduce.
Consideraciones preliminares
En el curso de la evolución del pensamiento se ha pasado de una situación en la que el hombre concebía la unidad en todas las cosas como algo natural y esencial, a un pensamiento parcial limitado y ciego que, si bien nos ha permitido desarrollar la ciencia y la tecnología con todas sus ventajas, ha sumido al espíritu en una penuria aciaga. De esta situación nos han ido sacando a lo largo de la historia del pensamiento personajes como Hutton (Mc Intyre, 1959), Copérnico, Darwin, Einstein o Freud. Ampliando cada uno de ellos, en un sentido diferente, la extremadamente limitada visión de su tiempo. Pero el pensamiento astrológico pertenece a una época en la que todavía no se había producido la quiebra griega y es, por lo tanto, con-sustancial con el pensamiento unitario. Por ello cualquier desarrollo teórico o práctico que tenga como base su estructura y simbolismo nos situará siempre, con el adecuado esfuerzo y apertura mental, más allá de cualquier posibilidad que ahora mismo contemple el discurso habitual del pensamiento racionalista por muy abierto y avanzado que éste sea.
Es importante darse cuenta profundamente de que la atribución a la astrología de ser la madre de las ciencias no es una cuestión puramente racionalista de prioridades y de conocimientos abarcados, sino que está incluida en ella el hecho de que la cosmovisión que se desprende de la naturaleza de su saber implica una visión unitaria de la realidad que supone un estado del saber previo al de la separación y dualidad que significa el saber científico. Es decir, es una “madre” prepersonal y transpersonal, nunca podrá ser una madre personal, pues su naturaleza es ser la unidad, y la conciencia personal nunca es, por definición, una conciencia unitaria. El hecho de que el desarrollo científico esté basado en la separación no es ajeno a la condena de la astrología, pues la ciencia condena la unidad (Groff, 2002). Por ello debemos tener muy claro que nunca, nunca, debemos subordinar nuestra capacidad para comprehender la realidad a las teorías, estructuras y sistemas de otras ciencias, pues eso va en demérito de la astrología y de nuestra propia comprensión de la naturaleza del universo, con el que somos Uno.
Otra cosa es que la capacidad empírica de las distintas ciencias no nos aporte datos para “rellenar los huecos” que deja sobre el universo y el ser humano, en sus detalles, la visión global de la astrología. Nuestro deseo de ser admitidos social y oficialmente no debe deslumbrarnos hasta tal punto que forcemos a la astrología a meterse en el lecho de Procusto que es para nosotros la limitada visión que tiene la ciencia sobre la realidad. La ciencia y sus capacidades tampoco ha de ser rechazada, sino que se ha de incorporar al saber astrológico, pero como una herramienta, no como una cosmovisión. De esta manera el conocimiento sobre la realidad que tiene el ser humano superará su etapa prepersonal y se transformará en un conocimiento transpersonal que transfigurará al ser humano y a la sociedad en la que vivimos. Supone incorporar a nuestros estudios e investigaciones el rigor, conocimiento y objetividad que tan excelentes resultados han dado a la ciencia. Algo de lo que, con frecuencia, estamos muy faltos debido a la capacidad del símbolo para saltar por encima de las limitaciones y barreras del pensamiento objetivo. Capacidad inmensa de establecer relaciones, que utilizada, no obstante, sin la vigilancia constante de nuestro “racionalista interior” puede llevarnos a un grado tal de subjetividad que nos haga hacer, con frecuencia, el más espantoso ridículo en los medios públicos y oficiales. Situación de la que somos responsables y que en nada propicia la capacidad de la astrología para ser admitida como instrumento para el conocimiento global de la realidad y el deseo de reconocimiento del astrólogo.
Así pues, los fundamentos de esta teoría, aunque es una teoría psicológica, no nacen en el seno del discurso dialéctico tradicional de la psicología. Este discurso, aunque pertenezca a escuelas distintas e, incluso, enfrentadas, como pueden ser el psicoanálisis y el conductismo, por poner los dos ejemplos más clásicos, adolece de estar inmerso en un discurso racionalista autocentrado en la propia materia de estudio (como, por otra parte, ocurre en cualquier otra disciplina). Racionalista aún cuando los temas que se investiguen no tengan, aparentemente, nada que ver con el discurso racionalista. Racionalista en su connotación limitativa, porque al centrarse exclusivamente el estudio en el fenómeno humano se pierden de vista las posibles conexiones y paralelismos que pudieran existir entre este fenómeno y el resto del universo tal como lo conciben otras ciencias, como pueden ser la física, la química, la geología..., por mencionar las más aparentemente alejadas del fenómeno humano. En este sentido los más actuales desarrollos del pensamiento científico implican la consideración de estructuras semejantes en distintos niveles de la realidad, desde físicos hasta sociales (Bertalanffy 1979, Prigogine 1983, Laszlo 1997, Keeney 1994). Desde esta perspectiva no es extraño concebir una estructura matemático-geométrica en el desarrollo de la conciencia.
Obviamente, si queremos hacer de la psicología un saber universal (y no muchas “ciencias”, ajenas las unas a las otras en sus saberes y fundamentos), habríamos de ver en un planteamiento matemático y geométrico (que trata de incluir en su estructura el desarrollo del ser humano, tanto en su conducta como en su conciencia) una promesa de que, quizá, sea posible salir de los enfrentamientos sectarios y concebir el fenómeno humano como una unidad en la que necesariamente tenemos que incluir todas sus características para hacer de su estudio un planteamiento integral. Porque ¿qué sentido tiene hacer “ciencia” de una parte del ser humano si no incluye su aspecto principal; es decir, su naturaleza consciente? La ciencia de la conducta del ser humano no es, fundamentalmente, diferente de la de cualquier otro animal. En este caso no tenemos una ciencia del hombre, sino una ciencia de la conducta de una especie animal en particular.
Por otra parte la estructura que aquí se propone y el concepto de ser humano que se desarrolla desde esta perspectiva, tiene paralelismos, semejanzas u homologías con las estructuras de otras ciencias, tan duras, incluso, como la física o la geología. Y es que el planteamiento de esta concepción del ser humano no lo hace diferente al entorno en el que vive y del que procede. Es más, desde esta perspectiva se considera una garantía de objetividad y cientificidad el hecho de que exista ese paralelismo. ¿Por qué el fenómeno humano –incluso la estructura de su conciencia– habría de ser diferente de la estructura del universo en el que existe? ¿Acaso pensar de otra manera no será todavía producto de la influencia judeo-cristiana que concibe al ser humano como algo completamente ajeno al mundo en el que vive?
No podemos hacer ciencia del hombre todavía porque estamos apegados ideo-emocionalmente a una u otra de las distintas etapas evolutivas que en esta teoría se contemplan. Las emociones, incluso las que se suscitan en la experiencia mística, son susceptibles de ser tratadas con objetividad –como un factor energético– en tanto en cuanto seamos capaces de ir más allá de las distintas “condensaciones” ideo-emocionales que se producen en el desarrollo humano. La dialéctica entre los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro humano debería llevarnos a concebir un proceso dual en el que, alternativamente, una experiencia o una emoción (cerebro derecho) o una explicación (cerebro izquierdo) producen un efecto sobre una anterior condensación ideo-emocional (fijación en términos psicoanalíticos) cuya función básica es hacer saltar a la consciencia de la realidad de un nivel a otro cada vez más abarcativo. Dejan de existir, de esta forma, “ideas” y “experiencias” acerca de cómo es la realidad y pasamos del plano de los “hechos”, al plano de las relaciones (de la información) y de los procesos recursivos, que se dan entre factores opuestos (Keeney 1994), como medio para acceder a un continuum evolutivo que te libera de toda “creencia” acerca de cómo es la realidad. Y ello no tiene porqué significar que distintos niveles de esa misma realidad y distintas formas de operar en la misma, vistos desde distintos niveles de la consciencia, tengan que ser necesariamente incompatibles.
Es más, discusiones personales con J. Ferrer en base a su libro Espiritualidad creativa (2003) me han llevado a la consideración de jerarquía y paridad como una dualidad que también hay que trascender. Por una parte, desde la perspectiva evolutiva, no cabe duda, poniendo un ejemplo sencillo, que el desarrollo adolescente es “mayor” que el del niño. En nuestra mentalidad racionalista la conciencia del adolescente es “superior” a la del niño. Pero no nos damos cuenta de que, si bien el adolescente ha ganado amplitud en su conciencia, también ha perdido algo que el niño tenía. Por ello las teorías jerárquicas (por ejemplo las de Wilber), tal como denuncia Ferrer en su libro, son sospechosas de un pensamiento totalitario de origen cartesiano-kantiano. Creo que el pensamiento astrológico nos facilita el acceso a una nueva (antigua) forma de ver las cosas siempre que seamos capaces de seguir su camino hasta sus últimas consecuencias.
Con esta teoría se muestra que el desarrollo y la estructura de la conciencia puede ser interpretado en base a funciones y postulados en nada diferentes a los planteamientos de la ciencia. En particular a los planteamientos más actuales de la ciencia y la teoría de procesos no lineales (Prigogine 1983, Almendro 2002). Es decir, el hecho de que la conciencia nos haga diferentes a otros seres vivos no quiere decir que esta nueva estructura de la evolución de las especies no esté sometida a las mismas leyes que el resto de la materia-energía de la naturaleza. Si a alguien le quedaba alguna duda, esta concepción de la conciencia nos sitúa a la par de cualquier otra estructura de la realidad. Naturalmente esto no significa que la conciencia sea reductible a sus “componentes” como bien decía Jung acerca de la catedral de Colonia, no puede ser reducida a un estudio mineralógico de los materiales empleados en su construcción (Jung, 1982).
Una forma de pensamiento diferente
Centrándonos ahora más en concreto en esta teoría podemos afirmar, de esta forma, que en el actual discurso racional con el que tratamos de explicar la experiencia mística y la conciencia transpersonal no se ha “recuperado” la unidad primordial que existía en la etapa prepersonal. Al igual que las experiencias no ordinarias de la conciencia rompen de una manera radical con la visión de la realidad que se tiene antes de ellas, tenemos que encontrar una teoría, una forma de pensamiento racional, una estructura pensante, una actitud nueva ante el proceso del pensar... que rompa radicalmente con todo el curso del pensamiento racional heredado del cartesianismo, fiel reflejo de la etapa personal en el desarrollo de la conciencia.
Sólo podemos encontrar algo parecido a lo que buscamos en la forma de pensamiento prepersonal. Cuando el ser y el universo eran una y la misma cosa y cuando lo que se decía del uno se decía también del otro. Sólo una forma de pensamiento, una teoría que sea capaz de reflejar esto y que pueda ser filtrada a través del pensamiento racional de la etapa personal (de lo contrario estaríamos cayendo en la falacia pre-trans (Wilber 1991) puede ser un reflejo capaz de recoger en el cerebro izquierdo las llamadas experiencias no ordinarias de la conciencia.
No es cierto, como se han cansado de decir una gran mayoría de místicos y como no se cansan de decir actualmente muchas personas cuando hablan de sus experiencias, que el fenómeno místico sea incomunicable y no pueda tener el correspondiente reflejo en la capacidad del cerebro izquierdo para comprenderla e integrarla en una teoría del ser humano y del universo. No es cierto en la misma medida en la que la experiencia sexual es también incomunicable. El sentimiento íntimo que cada uno de nosotros tenemos en la experiencia sexual es incomunicable. Es cierto en la medida en la que el sentimiento de esta experiencia no se puede trasmitir a un niño. Porque el individuo que no ha tenido una determinada experiencia emocional no puede entender una verbalización sobre la misma, independientemente de que ésta sea sexual, mística o de otra naturaleza. Entonces tengamos las cosas claras: la experiencia mística no se puede trasmitir, como tampoco se puede hacer con la experiencia sexual, pero eso no quiere decir que no podamos entendernos cuando hablamos de sexo. Igualmente podemos entendernos cuando hablamos de la experiencia mística siempre que no queramos –como se puede apreciar con frecuencia en comunicantes de este tipo– que el oyente tenga con nosotros un “orgasmo místico” al tiempo que le comunicamos nuestra experiencia. De todas formas cabe apuntar la posibilidad de que, hasta donde alcanza mi conocimiento y comprensión de la prehistoria humana, las experiencias no ordinarias de la conciencia fueran de lo más común y ordinario hace unos miles o decenas de miles de años. Después del todo la llamada experiencia mística puede ser un intento del inconsciente profundo y de la integridad del ser por recuperar un estado de cosas que es normal en el ser humano global.
Debido a nuestro sesgo interpretativo de la realidad hemos desarrollado una comprensión de la misma limitada y parcial y no poseemos, actualmente, una estructura racional capaz de reflejar sin demérito la realidad y el universo que se percibe tras la llamada experiencia mística. Ésta sería la razón para la postura que niega la capacidad de comunicación de las experiencias inefables que nos dan acceso a la comprensión transpersonal de la realidad humana y universal. Eso es debido a que en el terreno racional estamos inmersos todavía en la etapa personal y somos dependientes, por lo tanto, de unas limitaciones en nuestra estructura pensante que nos hacen incapaces de reflejar racionalmente las llamadas experiencias no ordinarias de la conciencia .
Una teoría que se propusiese superar estas limitaciones tendría que volver a considerar la realidad como un todo unitario en el que lo que se dijese de un aspecto de la realidad se pudiese decir también de otro por muy alejado o diferente que fuera del primero para la conciencia ordinaria. Tendría que integrar en su seno aspectos tan opuestos para el conocimiento como el determinismo científico y la libertad. Es decir, tendría que ser tan determinista como exige la ciencia conocida y tendría, al mismo tiempo, que dar todas las posibilidades inherentes a la experiencia libre de la realidad. Tendría que superar la distinción racionalista de la conciencia ordinaria entre determinismo y libertad, distinción que no es “real”, no existe, en el pensamiento unitario. Una teoría así podría hablar del desarrollo humano y de su conciencia sin menoscabo de encuadrarlos en un marco matemático y geométrico, y sin que este marco fuera una limitación a la hora de trascender las propias restricciones de una visión exclusivamente racional. Este marco teórico tiene que dar la posibilidad de que –inmersos en su contemplación– podamos tener una experiencia mística. Es decir, tiene que ser un marco en el que se fundan en cerebro derecho y el izquierdo, un marco en el que lo numinoso y lo racional vayan cogidos de la mano. Es un camino que está andando ya la teoría sistémica; pero esta teoría es –entre otras cosas– una recuperación de la capacidad analógica del cerebro para percibir la realidad, capacidad que está en la base del pensamiento unitario, ya sea prepersonal o transpersonal. El desarrollo de esta capacidad es un ejercicio cotidiano multidimensional en las personas que se dedican a todo tipo de saberes esotéricos y va mucho más allá de la típica “asociación libre” de la práctica terapéutica. Creo que la teoría que les propongo responde a todas esta consideraciones.
Por otra parte la idea de que no existe un pensamiento prepersonal digno de ser tenido en cuenta me parece fuera de toda discusión. Sólo cabe citar que la sospecha de irracionalidad y superstición que pesa sobre este pensamiento prepersonal tiene que ser revisada, pues es un pensamiento que pudo concebir matemática y geométricamente la estructura del universo y desarrollar, hace ya unos 4.000 años, la división de la circunferencia en 360º (Santos 1986).
Creo que es fundamental recuperar esa visión de la realidad que se tenía cuando el pensamiento griego aún no había escindido la realidad, y el pensar sobre el hombre era pensar sobre el medio que le rodeaba y pensar sobre el universo. Cuando lo que se decía sobre uno era igualmente aplicable al otro. Cuando el ser humano pertenecía a la época y al momento en el que había nacido, pues eran uno y lo mismo. Éste es un tipo de pensamiento prepersonal basado en la experiencia de unidad primordial que existe antes de la separatividad que es característica de la conciencia personal. La experiencia transpersonal “recicla” la unidad primaria a través y más allá de la conciencia egoica (racional, científica) para convertirla en unidad trascendente. Esta teoría pretende “reciclar” el pensamiento primario, que pertenece a un estadio cultural paralelo o semejante a la conciencia prepersonal, en un pensamiento transpersonal que recupera esa unidad; pero respeta, al mismo tiempo, la separatividad y la objetividad que forman parte de la conciencia en su desarrollo evolutivo.
Una teoría racional capaz de reflejar la visión del mundo
que se descubre tras la experiencia mística
El uso del término reflejar no es un recurso simplemente literario. Y si añado que la teoría que les propongo es un “fiel reflejo” de la realidad de la experiencia mística (la experiencia de unidad con el universo y con el entorno) tampoco estoy haciendo una alusión gratuita. Un reflejo de una imagen es una copia exacta de la misma. La teoría que les propongo, además de ser rigurosamente matemática y geométrica, “refleja”, desde la misma esencia formal que construye y constituye, la experiencia mística al ir más allá del esquema newtoniano-cartesiano y convertirse en símbolo; símbolo o mandala susceptible de crear, a través de la meditación y contemplación, un estado que trascienda el limitante marco racional y nos dé esa vitalidad del primer principio religioso del que habla E. Trías (1994). Pero el reflejo, aunque copia exacta, es una copia invertida. Asimismo el reflejo racional de la experiencia mística es esta misma experiencia, pero “invertida”. Es decir, en la medida en la que la experiencia mística es asimilable (en un pensamiento dual) al hemisferio derecho del cerebro, el “reflejo” que de la misma tenga el hemisferio izquierdo tiene que ser “igual, pero invertido” (igual, pero racional). Las experiencias no ordinarias de la conciencia dejan con frecuencia, sino siempre, un sentimiento de profundo conocimiento, armonía, sabiduría y unidad, la sensación de que “se sabe y se conoce todo a partir de ese momento”. Ese saberlo y conocerlo todo tiene que tener su correspondencia en la visión que sobre la realidad pueda venir del cerebro izquierdo. Una teoría racional que sea capaz de ser un “fiel reflejo” de esa experiencia mística tiene que dejarnos la misma sensación. La sensación profunda (sensación, no afirmación racional) de que “lo sabemos y lo conocemos todo a partir de ese momento”. La teoría que les propongo tiene esas pretensiones. El conocimiento desarrollado en ella forma un mandala como el que ven el la fig. 1. Esta misma figura –generada por un conocimiento que parte del cerebro izquierdo– puede ser una imagen tan buena como cualquier otra para meditar concentrándose en ella. Si además a esa meditación le añadimos el poso que deja en el alma y en el cerebro humano el conocimiento –racional– que existe tras de ella, podríamos llegar a decir, incluso, que es un mandala perfecto (en el sentido de que es integrativo), pues es, al mismo tiempo, racional y contemplativo.
Por otra parte el mandala de la fig. 1 se podría tomar por una representación gráfica de las nuevas teorías (Whitehead 1956, Keeney 1995, Laszlo 1997) que basan la descripción de la realidad no en el “punto newtoniano”, sino en la malla de interrelaciones que existe entre todos los “puntos” del universo. Es decir, en estas concepciones no existen puntos aislados sometidos a una fuerza y velocidad vectoriales, sino un complejo campo de interrelaciones en las que cada “punto” está conectado por una información que comparte con todos los otros “puntos”, siendo, al mismo tiempo, cada uno de esos otros “puntos”. En realidad, hablar de “punto” en estas concepciones carece de sentido, pues en ellas no existe lo que en términos newtonianos entendemos por “punto”.
Esta teoría responde a un determinismo riguroso (aspecto de la realidad incorporado en la fase personal); pero su expresión gráfica y simbólica en un mandala nos lleva hacia una actitud contemplativa que está más allá de cualquier rigor racionalista, por mucho que lo incluya en su seno. La capacidad vivencial, numinosa e intensa de la experiencia transpersonal tiene, necesariamente, que tener su contraparte en el cerebro izquierdo. No se puede pensar que esa experiencia no pueda ser expresada en los términos y las estructuras racionales de este hemisferio, pues eso sería introducir un desequilibrio en la naturaleza, impropio de la unidad que existe y se persigue tras la experiencia y vivencia numinosa de la unidad. Otra cosa es que, inmersos –aún a nuestro pesar– en una mentalidad racionalista, hayamos sido capaces de encontrar el camino adecuado para ello.

Fig. 1. Grafo de las relaciones internas en la estructura dodecanaria.
Probablemente muchos de Vds. piensen que una teoría de esta naturaleza es imposible; pero al mismo tiempo no dejarán de estar conmigo si afirmo que sólo una teoría de estas características es capaz de sostener la afirmación de que es un fiel reflejo, desde el lado racional, del mundo que se percibe en la experien-cia de la conciencia no ordinaria.
Es posible que la estructura dodecanaria del mandada astrológico sea una “elección” perfectamente consecuente. El doce es un número muy particular, tiene múltiples divisores que formalizan subgrupos diferentes de elementos que se pueden recombinar entre ellos en distintas formaciones. Es además el número de subpartículas atómicas (quarks), el m.c.m. de las estructuras geológicas y ha sido empleado en numerosas ocasiones en las distribuciones grupales en las estructuras sociales antiguas (cuando todavía no se había roto la unidad sujeto-objeto), por lo que es un indicio favorable en el camino que seguimos. Por otra parte es posible que la estructura dodecanaria produzca en el cerebro humano una sensación de armonía que calme los temores irracionales que el ser humano lleva en lo más profundo de su ser y que no sea indiferente a la elección del mismo (¿estaría en la fascinación por las gemas en este mismo orden del cosas, teniendo en cuenta, además, que son recolectores de energía?). ¿Es el inconsciente el que nos dicta esa elección o es el reconocimiento intuitivo de que estamos en la base de la estructura del Universo? ¿Es sólo la proyección de un temor irracional, o es también la percepción profunda de esa estructura universal tanto a nivel macroscópico como microscópico? Es posible que la naturaleza pudiera haber elegido la estructura dodecanaria para configurar el universo simplemente por un factor económico. Es decir, parece ser la forma geométrica que mejor equilibra las tensiones y, por lo tanto, la que menor gasto energético produce. La estructura de la psique y de la conciencia, así como el proceso de crecimiento humano también responderían a esta economía de la naturaleza (por ser la más cercana al círculo sin tener excesivas divisiones). La representación dodecanaria podría ser una guía que nos ayudase a encontrar una estructura general que nos diese una visión más coherente de la realidad.
Sinesio Madrona Rodenas - sinesiomr@inicia.es
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