La madre ourobórica, la sombra y los relatos de terror (Parte 1)
Por Walter Embón
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“...la necesidad no es una idea, no hay ideas necesarias sino una evidencia, si hay evidencias necesarias las ideas pueden ser engañosas pero el hambre, el dolor, el miedo, la lujuria, jamás lo son...(Camilo José Cela – Oficio de tinieblas)”
¿Qué representan en el inconsciente, esos seres oscuros y monstruosos que pueblan el imaginario popular? ¿A qué tememos, cuando rompemos el tabú de una superstición? ¿Por qué cada pueblo crea o recuerda sus propios monstruos, dándole sus características culturales y étnicas, según su tradición y folklore? ¿Por qué todos los pueblos de la tierra, tienen supersticiones? ¿Y por qué todas las supersticiones de todas las culturas se parecen tanto?
Esos temas y sus representaciones, fueron plasmados en la literatura, en las artes plásticas y en el cine. El arte en general, y el cine en particular ha tomado sus imágenes para inspirar sus más espectaculares visiones de terror y crear obras maestra en ese género, reproduciendo en esas escenas de miedo el horror a los desconocido, recreando las más espantosas pesadillas. El miedo y el espanto irrumpen en las noches tormentosas, llenas de espectrales sombras proyectadas a través de ventanales relampagueantes, y donde aparecen figuras deformadas y agigantadas, subiendo o bajando escaleras de castillos siniestros. Manos que emergen sobre las tumbas, en cementerios tétricos a medianoche. Cabezas reducidas, fetiches horrorosos, u objetos de magia negra. Restos de sacrificios animales o humanos en bosques embrujados; recreando los escenarios y las atmósferas más temidas de la infancia o de la memoria atávica ¿De dónde vienen? ¿Cómo nacieron? ¿Qué hay de cierto, respecto a esos relatos de vampiros, hombres lobos, muertos vivos, endemoniados, brujos negros, fantasmas, pesadillas que se vuelven realidad, etc.; y que quedaron impresas en diversas culturas de diferentes geografías? ¿Es solo un fenómeno de la imaginación o hay algo de sustento real? ¿Es solo la producción fantasiosa de la mente en su compleja estructura, llena de sus temores, de deseos, de represiones, de instintos, etc?
El hombre moderno que se autodenomina culto, se siente cómodo y seguro por su aproximación al mundo conocido, a partir de criterios racionales y científicos, y no da crédito a ese abanico de imágenes “supuestamente falsas de gente supersticiosa e ignorante”. Sin embargo gran parte de la humanidad cree en el mal y mira el pasado con cierto horror, por los desastres que desató esa sustancia sin forma. El mundo entero observó espantado la locura asesina de líderes mesiánicos como Hitler o Stalin, y vio crecer a dimensiones inimaginables el poder destructor de las armas de aniquilamiento masivo. Como se puede llamar a eso: mal, monstruo, demonio o racionalmente con base psicológica “ambiciones desmedidas”, “egoísmo”, “supersticiones”, “prejuicios” “credos irracionales”, o “fanatismos acérrimos”
¿No es más pertinente llamarlo como los primitivos “posesión demoníaca”?. No hay que ir muy lejos en la historia, para ver esos espectáculos horrendos, basta recorrer solo el siglo XX, para contemplar los horrores de los campos de concentración de la Alemania Nazi, las purgas del Stalinismo o la destrucción masiva de la bomba de Hiroshima; podemos decir que eso no tiene nada que ver con los monstruos de nuestra imaginación, sin embargo esos monstruos son reales, y si bien se presentan sin nombre, están vivos y coleando, y lo que es peor “está entre nosotros”. Quererles dar alguna explicación convincente al fenómeno del mal desde la perspectiva de lo racional, es lo mismo que rotular algo que no tenemos la más pálida idea de lo que es, y tenemos la necesidad de denominarlos de alguna manera, para clasificarlo en alguna parte de nuestro vademécum de objetos “raros”, entonces recurrimos al método del peso, medida, color y forma aún cuando la sustancia nos sea absolutamente desconocida. Si pretendemos llegar a alguna conclusión, aunque sea remota, de ese fenómeno universal, no podemos privarnos de las imágenes míticas del mal que pueblan todas las culturas, pues, si prescindiéramos de ellas no reconoceríamos el impacto universal del tema y las diferentes percepciones e interpretaciones de diversas culturas.
Más allá de las de las teorías científicas, teológicas, mitológicas o esotéricas, sentimos que el mal existe y está entre nosotros o lo que es peor “dentro de nosotros”. La pregunta del millón es ¿Cómo caló tan profundo dentro del alma humana? ¿Y si es una fuerza impersonal o individualizada? Eso es un misterio, al que todas las, culturas y religiones del mundo intentan dar alguna explicación. Es más fácil para el hombre común o para hollywood, identificar lo monstruoso y feo con el mal, que profundizar y tratar de entender su verdadera naturaleza. Quizá el intento de bautizarlos con nombres a esos monstruos que tantos tememos, sea una forma de exorcizarlos, y de ganar cierto dominio sobre ellos, mas cuando el folklore y los mitos siempre han creado una forma de destruirlos o vencerlos.
Encontrarme con todas las facetas tenebrosas y desagradables que pueblan esos parajes y mirarlos como se mira a un animal fascinante, sin indagar sobre su condición depredadora o carroñera, sino sobre la naturaleza y la función de esa especie, en el equilibrio ecológico universal, con todas las otras especies. Ese fue un desafío que tenía que aceptar previamente, antes de aventurarme emprender esta expedición, que tenía como fin descubrir el submundo oculto de lo que uno tanto teme y reprime, y que niega con la desesperación de un criminal condenado a muerte. Y aunque no se pueda dar una explicación del “por que” o el “para que” uno desea enfrentarse con ese monstruo, simplemente lo hace, como una misión o una vocación muy particular. Al principio me pareció que era un empresa demasiado pretenciosa y peregrina, y que debía desistir del temerario intento, pero luego de indagar y leer sobre los aspectos oscuros del inconsciente y sus manifestación como arquetipo de la sombra; me animé y emprendí valientemente, esto que se presenta como la antesala del propio infierno interior y del que todos, de alguna manera padecemos.
Uno cree que sabe que es el miedo porque lo tiene presente, pero necesita precisarlo en palabras, con la pretensión de observarlo y comprenderlo. Busque en un diccionario de psicología el vocablo “Miedo” y lo describe como: Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o mal que realmente amenaza o que se finge en la imaginación. El miedo es una situación emotiva primaria y fundamental, que está presente en el hombre desde los primeros días de su vida (ausencia de la madre, oscuridad, al oír un fuerte ruido, en la pérdida de un apoyo físico o afectivo, etc.) En edades posteriores el miedo puede aparecen en situaciones que recuerden a las que provocaron miedo en la primera infancia, o por motivos imaginados. Generalmente representa una falta de adaptación a la realidad. Trae consigo fenómenos físicos derivados (variación del pulso y de la respiración, reacciones motoras, etc.); estos fenómenos son esténicos o asténicos según que las reacciones emotivas se vean favorecidas o frenadas respectivamente, y dependen del temperamento individual.
El miedo, se distingue del temor en que es menos reflexivo que éste; sin embargo, el objeto del miedo es concreto y determinado, lo contrario de lo que ocurre en la angustia (La presencia del otro desconocido para el niño, fuera de la madre, es sentida por él como un peligro proveniente del exterior. El resultado de esta influencia exterior en el niño se podría formular con la frase siguiente: no soy yo el frágil, sino que es el otro que me amenaza. Ante el otro, el niño reacciona con un grito que expresa, dramáticamente, el miedo al otro, al extraño. Esta posición de inmadurez y fragilidad es inherente al ser humano, no depende de las condiciones ambientales en las que el niño está insertado. Pertenece a su naturaleza humana.
Con respecto a esto, Freud dice: al comienzo es el odio, la más antigua de las pasiones humanas, antes del amor. Este odio, indisociable del miedo, es esencialmente, también un miedo de sí, una incapacidad para hacer frente y manejar las pulsiones. Miedo y odio comparten la misma raíz, se arraigan en la fragilidad e indefensión del individuo. Esta incapacidad de elaborar este miedo y este odio de sí mismo hace que se proyecte fuera. Al respecto, Freud va a decir que el objeto, lo odiado y el mundo exterior coinciden con lo displacentero. Por este mecanismo que consiste en expulsar fuera de sí aquellas pulsiones que el frágil niño no puede controlar, surge un ordenamiento de la realidad muy particular que permanecerá así establecido para el sujeto humano: el mal está fuera, en el otro, adjudico al otro este estado de desorden, de confusión, de desasosiego que yo experimento. Freud describió “Es de mi convencimiento que una gran parte de la concepción mitológica del mundo, que se adentra a fondo incluso en la religiones modernas, no es otra cosa que psicología proyectada en el mundo exterior.
El conocimiento oscuro...de factores y hechos del inconsciente se refleja...en la construcción de una realidad suprasensible que la ciencia ha de volver a transformar en psicología del inconsciente. Podríamos así atrevernos a disolver los mitos del Paraíso y el pecado original, de Dios, del Bien y el Mal, de la inmortalidad y cosas por el estilo, transformando la metafísica en metapsicología. El peor terror, es aquél que no se puede definir ni demarcar, ya que abrevan en las raíces atávicas de la humanidad. Es por eso que creo que el mejor método para exorcizarlo es indagando en su imágenes, receptadas en la mitología, el folklore universal y también el arte y el cine, a fin de darle alguna demarcación o forma, no con el fin de extraerle un definición sino más bien para familiarizarse con su imágenes colectivas.
Hollywood ha poblado de monstruos de todo tipo, especie y condición. También ha dado motivos de proliferación de monstruos y bichos de todas clases y especies. Ha recreado una y muchas veces las imágenes de endemoniados, fantasmas, aparecidos, homicidas perversos etc, todo con un único fin: enfrentarnos con nuestros propios terrores. ¿Pero todos esos seres que parecen una invención de algún artista siniestro y alucinado, son sólo imágenes oscuras que proyectan nuestro inconsciente, por alguna causa, o hay algo más? De eso se trata de pequeña introducción a la filosofía del miedo, y la que pretendo investigar; y si bien es posible que toda respuesta sea apresurada o simplista quizás el poder indagarlas, con sentido crítico y con la mística como cuando un expedicionario emprender una aventura a una tierra desconocida y nunca antes explorada. Antes de adentrarnos al ámbito del miedo, pretendo como postulado circunscribir el miedo al tiempo de la aparición de la conciencia. Por eso, es que intentaré armar el itinerario del miedo en el albor de la humanización.
LA HISTORIA DE LA CONCIENCIA.
La historia psíquica de la humanidad es la historia de la conciencia, la historia de un desarrollo que parte del hombre apenas emergido de la animalidad y que nos conduce hasta el individuo creador que se ha encontrado consigo mismo. La importancia creadora del proceso de devenir consciente ha sido desde siempre objeto del mito del héroe. Siempre se describe de nuevas maneras la lucha del héroe con los poderes de las tinieblas que amenazan con aniquilarlo. Como ser dotado de fuerzas sobrenaturales, “ que posee algo más que la mera condición humana”, su nostalgia de renacimiento espiritual lo impulsa a la hazaña de superar la nociva resaca del inconsciente, que se opone a él en forma de la fuerza paralizadora y emponzoñadora de la madre.
Mediante la liberación de la peligrosa vinculación con los padres adquiere el tesoro difícil de alcanzar, a saber: el secreto de una nueva vida de una nueva luz. Lo que ya había descrito Jung en Wandlugen und Symbole der Libido como adquisición de una nueva vida y del “alimento inmortal”, lo expreso de la siguiente manera en la cuarta edición: El ascenso (del héroe) significa una renovación de luz, y por lo tanto un renacimiento de la conciencia que sale de las tinieblas, es decir, de la regresión del inconsciente.
Es así que los mitos registran en forma simbólica las etapas de esta lucha para superar las tinieblas de lo inconsciente, y a ellas nos referimos cuando hablamos de situaciones típicas de la humanidad. Los símbolos del mito son imágenes arquetípicas ligadas con un tipo determinado de conducta. En los comienzos de esta historia, el yo aún no ha emergido de lo inconsciente. Aún no ha entrado en acción la función diferenciadora y analítica de la conciencia. Nada ha sido analizado ni convertido en objeto. Nada ha sido separado ni enfocado. El comienzo es un todo compacto en el cual los opuestos no están divididos. No hay sujeto ni objeto. Está todo y nada al mismo tiempo. Se trata de una plenitud que contiene todas las virtualidades. Solamente la intuición puede captar este estado inicial. La psique inconsciente entregará más tarde a la conciencia símbolos correspondientes a esta situación anterior a la existencia del yo de la conciencia pero cada uno de estos símbolos solamente aprende un aspecto parcial del todo, que se caracteriza por lo indeterminado y lo innominable. Diríamos que la totalidad se resiste a ser fundida en los moldes del conocimiento y solamente al fragmentarse en trozos adquiere la posibilidad de revelar en cada uno de ellos un aspecto de su contenido.
Estos símbolos o imágenes primordiales se proyectan sobre el cosmos y aparecen como temas de los mitos que explican el origen del universo. Sobre ellos, se generan más tarde las ideas y conceptos de las teorías filosóficas y científicas. La totalidad primordial se separa en consciente e inconsciente y se desencadena la creación. Los mitos dirán que el caos o la totalidad primordial se separaron en luz y tinieblas, en cielo y tierra, en yin y yang. A partir de ese momento se originan las cosas.
Dice el Génesis: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra” y así comienza la historia de la creación. El Tao produce los “diez mil seres”, es decir, el conjunto de fenómenos que configuran el universo, por medio del yin y del yang, que son los opuestos por excelencia. En la mitología egipcia, Ra crea el universo a partir del Caos, separándolo en cielo y tierra (Nut y Geb) Diríamos que la totalidad se resiste a ser fundida en los moldes del conocimiento y solamente al fragmentarse en trozos adquiere la posibilidad de revelar en cada uno de ellos un aspecto de su contenido. Acaba de nacer la conciencia. Como todo ser que comienza su vida es débil y puede sucumbir, En este momento auroral de la humanidad el hombre tiene experiencia de si mismo como yo consciente en forma momentánea y esporádica. En cualquier momento, la conciencia se disuelve y el hombre se hace uno con la naturaleza. La acción consciente implica tensión y enfrentamiento y volver a caer en lo inconsciente puede significar alivio y reparo dado que la acción inconsciente está respaldada por el mecanismo instintivo de la naturaleza.
Esta regresión se siente o se intuye como algo placentero. La conciencia, el pequeño recién nacido, se refugia en los brazos de la madre, en el regazo de lo inconsciente, donde hallará protección y seguridad. En el plano simbólico la totalidad primordial se ha transformado en la figura de la madre protectora, la diosa madre. Esta regresión significa, sin embargo, la disolución o muerte de la conciencia, y por ello están ligados con el simbolismo de la diosa madre, la muerte, la tumba, el sarcófago y la tierra. Erich Neumann ha designado con el nombre de incesto ourobórico a las imágenes míticas que ilustran este trance (Entre los gnósticos de la antigüedad y los alquimistas de la Edad Media aparece la imagen del ouroboros, la serpiente o dragón que se muerde la cola. a las características simbólicas del circulo que se unen las notas de autosuficiencia y de autarquía.
El ouroboros corresponden los conceptos de Primer Motor, en Aristóteles, y de Causa en Si, en Espinosa. La totalidad primordial lo contiene todo virtualmente y por lo tanto también lo masculino y femenino. Sin embargo cuando se quiere destacar que en esta totalidad se encuentra el origen de todas las cosas recibe en nombre de madre). En esta etapa de la evolución, la diosa madre aparece también simbolizada por todo lo que sea profundo: abismos, valles, fuentes, grutas, lagos. En otras ocasiones aparee como la casa o la ciudad. En general toda cosa que sea grande y que abrace, contenga, ciña, rodee, envuelva, cubra, preserve o nutra a otra cosa pequeña pertenece al grupo de símbolos que se refieren a la madre primordial. A partir de esta etapa seguiremos simbólicamente la evolución y el desarrollo de la conciencia a través de este niño, que es su imagen mítica. Lo veremos crecer y convertirse en héroe legendario. Pero siempre estará expuesto al peligro de volver a lo inconsciente. Y este regreso que en el principio es placentero, se hace cada vez más doloroso e indeseable. A medida que la conciencia crece y se vuelve autoconciencia, siente el peligro de muerte y la madre aurobórica se transforma en el enemigo que puede aniquilarla. Toma así la imagen de una bestia espantosa y horrible. Se proyecta sobre ella el intenso terror que experimenta nuestro héroe ante la posibilidad de ser devorado por ella.
Volvemos nuestra atención sobre la figura mítica del niño, cuya vida y vicisitudes serán para nosotros la vida y vicisitudes de la conciencia. Casi siempre el niño tiene un nacimiento milagroso o desciende de los dioses. Según Jung, el símbolo tiene como tema la psique y por ello lo que el símbolo narra ocurre en forma no empírica. El niño nace de una virgen, por una procreación milagrosa o por intermedio de órganos antinaturales. Zeus se convierte en lluvia de oro para concebir a Perseo en Danae. Karna, el héroe del Mahabarata nace de una virgen. Rómulo y Remo son hijos de Marte. Hércules es hijo a la vez de Zeus y Anfitrión. La conciencia debe valerse por sí misma. La protección de su madre lo haría sucumbir. Así es que el niño siempre es separado de la madre y expuesto a toda clase de peligros. Sargón I es abandonado en una cesta y depositado en las aguas del rio.
El mismo tratamiento reciben Moisés y Karna. Layo manda a matar a Edipo y Priamo abandona a París, el futuro raptor de Helena. Perseo es colocado en una arquilla y arrojado al mar. Gilgamesh, el héroe mesopotámico es tirado aun precipicio. Rómulo y Remo fueron hallados en el río Tiber. Los peligros representan las dificultades que se presentan para la existencia de una conciencia integrada, las trabas que deben ser vencidas para concretar ese objetivo supremo. El héroe de nuestra historia crece. Se transforma en púber, en joven y en hombre maduro. Pero siempre el monstruo aurubórico acecha. En cualquier momento puede convertirlo en víctima.
Los mitos recogen simbólicamente esta lucha entre el héroe y el monstruo en las distintas etapas de este desarrollo y la altura desde la cual el héroe cae y el modo de caer reflejan simbólicamente el grado de conciencia que se había alcanzado. El pequeño infante que encontraba placentero el regreso al seño materno, ha remontado los primeros años de vida y toma la figura de un adolescente. Emergen los rasgos masculinos pero el púber conserva algunas formas ambiguas. La masculinidad no está del todo afirmada. En otras palabras, la conciencia no tiene aún una base sólida. Observemos para mejor interpretación de los mitos correspondiente a esta etapa, que la conciencia se simboliza por lo masculino, en contraposición a lo inconsciente que aparece como lo femenino. La pérdida de la conciencia o su disolución se expresa como castración o pérdida de la masculinidad. En forma consecuente el drama que se desarrolla entre consciente y lo inconsciente se presenta bajo la figura de relaciones sexuales.
Consciente e inconsciente constituyen una pareja de amantes. Pero subsiste un resabio de la etapa anterior. Lo inconsciente es la madre de lo consciente; la pareja de amantes está constituida por madre e hijo. En la etapa anterior el niño era devorado por la madre o se dormía en su regazo. Ahora el adolescente comete incesto con la madre y luego es castrado o descuartizado, los mitos que corresponden a este grupo proceden de una época presuntamente matriarcal y han sido reelaborados más tarde dentro del marco de las sociedades patriarcales. Los personajes han sido sustituidos o desdoblados y algunos hechos desplazados. El adolescente es castrado o descuartizado y esto se refiere a la desintegración de la conciencia. Es notable observar que en algunos casos de psicosis el paciente siente que su cuerpo se hace pedazos. El papel que el sexo juega en los mitos difiere del que le asigna Freud en sus teorías del inconsciente.
Mientras que en los mitos y leyendas que surgen del inconsciente colectivo el sexo es el símbolo, en los sueños y fantasías que emergen del inconsciente personal el sexo es lo simbolizado. Una observación: el incesto es símbolo de la pérdida del nivel de conciencia. El hombre regresa a la situación inicial que lo sumerge en la naturaleza, ahora bien para Levi-Strauss el paso de la naturaleza a la cultura se realizada mediante la prohibición del incesto. Hay entonces una coincidencia de sentido entre el simbolismo que le asignamos al incesto y su papel que le adjudicaban a la prohibición del incesto Leví-Satrauss y otros etnólogos. La prohibición del incesto es universal y por lo tanto proviene del inconsciente. El inconsciente ha provisto entonces la norma de conducta que eleva al hombre a un nivel superior y por otro lado surge del inconsciente el símbolo del incesto para indicar el regreso de la psique humana al nivel de la naturaleza y del instinto. A esta altura de nuestra exposición conviene recordar que las imágenes arquetípicas están ligadas con un tipo determinado de conducta.
Cuando desciende por cualquier circunstancia a nivel consciente, puede revitalizarse en las profundidades de la psique algún arquetipo que dicte en forma inconsciente la conducta a seguir. Diremos que en estos casos el individuo está poseído por el arquetipo. Jung narra el caso de una mujer poseída por el arquetipo de la Gran Madre: “Recuerdo, dice, el caso de una madre que sujetaba a sus hijos con amor y devoción antinaturales. En la época de la menopausia cayó en psicosis depresiva con episodios delirantes, durante los cuales se presentaba como lobo y cerdo y se comportaba en consecuencia: gateaba, aullaba como un lobo y gruñía como un cerdo. En la psicosis convertíase ella misma en un símbolo de la madre que todo lo devora. En síntesis, los símbolos que indican la caída de la conciencia varían según el nivel que se ha alcanzado. Existe la posibilidad de otro renacimiento. Es el caso de Edipo. La conciencia incipiente era devorada o descuartizada en la figura del niño. El adolescente comete incesto con la madre y después es castrado. En este caso, es la madre también la bestia, quien ejerce la parte activa.
El adolescente es la víctima, desempeña un papel puramente pasivo y de ahí que su imagen predominante sea la de portador del falo. En el mito de Edipo, la esfinge que devasta a Tebas es una bestia que persigue a la juventud masculina. Se trata de un monstruo hembra que ataca y viola a los jóvenes. La caída desde alturas más elevadas es expresada por la lesión o pérdida de órganos situados en la cabeza. Si suponemos que la cabeza está relacionada con el principio de espiritualidad estas etapas en la evolución de la conciencia quedarían registradas en los mitos bajo la imagen de tres instintos o fuerzas que dominan sucesivamente en distintas etapas de la vida humana: nutrición, sexualidad, espiritualidad. La lucha contra el dragón puede presentarse bajo otras formas. Las imágenes son similares a las de su derrota, pero ahora el héroe tiene la iniciativa. Si es devorado por la bestia, sale de ella indemne como Jonás sale de la ballena; si desciende a los infiernos regresa victorioso; si comete incesto con la madre desempeña la parte activa. Este tránsito hacia un nivel superior de conciencia se simboliza también como muerte y resurrección, símbolo que compendia a los anteriores. En realidad el eterno enemigo de nuestro héroe ha sido el inconsciente, que había caído vencido bajo la forma de dragón o gigante, pero es necesario tener en cuenta que el inconsciente no pude ser rechazado ni menospreciado. En el fondo no hay derrota del inconsciente ni tampoco victoria del héroe. Ha habido una transformación. La bestia ha sido convertida en ánima y ya no es una amenaza sino un elemento indispensable para el destino creador del héroe.
IMPRESIONES ARQUETIPICAS
Como los arquetipos son estructura inconscientes (que nunca llegan a concientizarse) y que se las conocen por sus efectos, ya que se manifiestan mediante las imágenes arquetípicas; se ha hace necesario precisar conceptualmente, que naturaleza tienen esas “imágenes” que se presente envueltas en “formas numinosas” y que producen los símbolos que se traducirán en imágenes religiosas, artísticas, míticas, etc, y especialmente circunscribirlos a los fines de entender la temática del miedo a los mitos reflejados en los relatos terror.
Veamos porque se los denomina arquetipos: Existen varios autores que se refieren al tema de los arquetipos jungianos, por ejemplo el Dr. Raúl J. Usandivaras en su libro Grupo, pensamiento y mito (Eudeba-1982) cita a Jung, haciendo referencia que éste, eligió el término “arquetipo” por sus connotaciones de “primordial”, “arcaico” y “modelo universal”. Los compara con las représentatios collectives de Levy-Bruhl, figuras simbólicas en la visión primitiva del mundo, pero haciendo la salvedad de que los arquetipos nunca tuvieron contacto con la conciencia, son esencialmente inconscientes.
Por lo tanto, “el arquetipo como tal es un modelo hipotético e irrepresentable” algo semejante a los “patrones de conducta en biología”. Cuando se vuelve consciente, toma el aspecto de una imagen o idea que depende de la conciencia individual donde aparece; para hablar con precisión, a esta transformación del arquetipo propiamente dicho habría que llamarla “imagen” o “idea arquetípica”. “Cuando Jung postula la trasmisión de una impronta primitiva de un arquetipo, y otorga a la libido un mero contenido energético, destituido de carácter sexual, da el paso que lo separa definitivamente de Freud, toda vez que afirma la genuinidad primordial de otras experiencias distintas de la sexual. Cuando afirma, por otra parte, que los arquetipos son irreductibles a situaciones personales del individuo, que aparecen con singular tenacidad en los símbolos, los sueño y los mitos, al punto de que tienen que encontrarse en un Inconsciente colectivo; cuando hace notar la convergencia del arquetipo con lo numinoso, y reivindica la prioridad general, irreductible, de la experiencia religiosa; cuando, finalmente, afirma la existencia (psicológica, no ontológica) de un arquetipo con caracteres divinos, el Selbst o “Si-mismo”. Jung tomó el término “arquetipo” del Corpus Hermeticum y del escrito del seudo Dionisio: su etimología alude al significado: arkhé: inicio, principio: typos: golpe, impronta, figura, norma.
También san Agustín ( a quien se refiere asimismo Jung) habla de arquetipos como de Ideae principales, formae quoaedam vel rationes rerum stabiles atque incommutabiles, quae ipsac formatae non sunt, ac per hoc aeternae”, refiriéndose a las ideas platónicas, pero los caracteres indicados (principios, formas estables e inmutables) convienen al arquetipo en el sentido de Jung, si bien el significado es diferente. San Agustín habla de las Ideas eternas en la mente divina; Jung de los factores psíquicos constantes en todos los hombres e independientes de los individuos, ya que existen con prescindencia de toda experiencia personal, razón por la cual hay que referirlos a un inconsciente colectivo (obsérvese la curiosa similitud entre el inconsciente colectivo de Jung y la mente divina de Leibniz y de los filósofos ontologistas, según los cuales tales ideas son directamente intuidas por los individuos, contempladas en la esencia divina). Como Freud, Jung se vio en la necesidad de construir un organismo en el alma, y los arquetipos son precisamente los órganos del alma.
Como el cristal está preformado en la solución madre, según un reticulado cristalino que no existe como tal, sino que resultará de la superposición de las moléculas, así también los arquetipos, aun sin existir materialmente, dirigirán la configuración de las imágenes, y solo aparecerán cuando se actualicen en los símbolos, como los reticulados cristalinos solo aparecerán actualizados en el cristal. Esta concepción es muy próxima también a la de Goethe, quien andaba en busca de las imágenes primordiales (Urbilder) que se actualizan en las formas animales y vegetales.
Hemos dicho ya cómo Jung, que acepta incondicionalmente el principio de la recapitulación ontogenética del desarrollo filogenético, ve en los arquetipos el resultado de progresivas adquisiciones de la especie humana. Se trata, según Jung, de predisposiciones neuropsíquicas para la formación de imágenes equivalentes, ya que mantienen el mismo significado con diferentes materiales: Jung precisa que el arquetipo no proviene de los hechos físicos, sin que expresa más bien el modo como “el alma siente el hecho físico”. El mundo físico, el ambiente, es el estímulo (la ocasión, diría Leiniz) para la proyección en él de los arquetipos (como el baño revelador pone en evidencia las imágenes ya existentes en la placa o película fotográfica): y la actividad psíquica organizadora es tan predominante, que “el alma se comporta por lo común en forma totalmente autónoma, al punto de negar la realidad palpable y llegar a afirmaciones que están en abierta contradicción con los hechos. Jung supuso que la psiquis humana está formada por tres “estratos” comparables a las tres partes superpuestas de una isla: la parte que se encuentra más arriba del mar, o sea la tierra que nosotros vemos; la parte que está por debajo del nivel de las aguas, o sea las base sumergida de la isla misma; y, finalmente, esa misma base que se apoya sobre un fondo que es común a todo el océano, el cual está íntimamente ligado.
Del mismo modo estarían dispuestas, partiendo de la superficie y descendiendo hacia la profundidad: primero, la conciencia; después, el inconsciente personal, elaborado desde el mismo momento de nuestra concepción, a través de las experiencias personales y la relación que cada uno de nosotros fuimos estableciendo entre ellas; y, finalmente, el inconsciente colectivo, con sus numerosas estratificaciones familiares, sociales, tribales, raciales; ese inconsciente es común a todas las razas que ha habitado este planeta. Ese nivel de la conciencia constituiría, de alguna manera, la gran memoria de la humanidad. El inconsciente colectivo se manifestaría de manera particularmente activa gracias a la energía que poseen determinados individuos privilegiados capaces de alcanzar ese estado de conciencia; y actuaría ante ciertas asociaciones visuales provocadas por determinadas imágenes que son reconocidas universalmente por el espíritu humano.
Estos centros psíquicos inconscientes constituirían, por lo tanto, los centros mismos de la energía alrededor de los cuales gravita y se forma la personalidad. Esos centros son comunes a toda nuestra especie, a toda la humanidad, del mismo modo que las partes visibles de las islas emergen en distintos lugares de los océanos pero todas tienen en común el mismo fondo del océano. Los símbolos con los cuales se manifiesta el inconsciente colectivo une a todos los hombres, y cada uno tiene la libertad de manejarse con sus propias combinaciones individuales, a nivel consciente o inconsciente, para alcanzar esos centros de su psiquis donde se encuentra los arquetipos. No es aventurado creer que esos arquetipos hayan sido el origen mismo de los símbolos fundamentales que han venerado todas las religiones, que todas las manifestaciones de arte sacra han expresado a través de los siglos, y que también se encuentran en las historias mitológicas creadas por distintas razas en contextos históricos diversos, lejanas entre sí tanto en el tiempo como en el espacio; la raíz de esas historias mitológicas es siempre la misma, si bien a veces se presentan bajo aparentes variaciones. Fordham (...) se refiere al tema de la siguiente forma: “La segunda capa del inconsciente es totalmente diferente: se representa en sueños, fantasías activas y formas culturales, como los mitos, cuentos de hadas, magia y religión. Estas formas derivan de organizadores innatos y posiblemente heredados llamados arquetipos. Son estructuras caracterizadas por no haber pasado esa calidad de experiencia que se llama conciencia.
Por interacción con el medio, sin embargo, contribuyen a formar imágenes típicas que tienen características de tipo mágico, a las que Jung dio el nombre de numinosidad”. Abrahan Haber dice con respecto a los arquetipos y la numinosidad que ellos emanan “...Los conceptos fundamentales de la ciencia se basan sobre arquetipos. A través de los tiempos las ideas científicas siguen una trayectoria y se pueden observar cómo se van despegando de los arquetipos y van adquiriendo contornos precisos y exclusivamente racionales. Dejan atrás connotaciones de tipo metafísico y afectivo. En las postrimerías de la Edad Media todavía se enseñaba en las universidades una ciencia de los números que involucraba un fondo arquetípico; la aritmética incluía consideraciones acerca de la naturaleza de los números. Quizá la pérdida más importante se relaciona con la numinosidad y la energía afectiva que los arquetipos implican...Los conceptos de evolución, materia, espacio y tiempo están ligados subterráneamente con el arquetipo de “la Gran Madre naturaleza” y las especulaciones sobre sus esencias suelen delatar el parentesco. El tiempo suele ser divinizado o simbolizado por figuras masculinas pero los mitos que giran alrededor de él transparentan su naturaleza femenina y ourobórica. Cronos, la divinidad griega del tiempo devora a sus hijos como los devora la Madre Terrible.... Las distintas etapas de la evolución psíquica de la humanidad están conducidas por los arquetipos del inconsciente colectivo.
IMAGENES NUMINOSAS QUE PRODUCEN LOS ARQUETIPOS
E. O. James en Introducción a la historia comparada de las religiones, dice definiendo “Lo numinoso”: “...es algo más que miedo lo que implica esta actitud hacia lo anormal, lo terrorífico, lo misterioso, ya que esa emoción es demasiado negativa como para provocar la respuesta positiva de un culto protector elaborado, que frecuentemente termina por convertirse en una institución permanente asimilándose nuevos elementos de la experiencia humana. Antes, sin embargo, de que algo sea venerado como objeto de culto debe adquirir un significado religioso, o sea, que ha de condicionar la conducta religiosa. Ahora bien, según Otto, la religiosidad es una categoría sui generis, como la belleza, la verdad o la bondad, irreducible a cualquier “conocimientos” ordinario intelectual o racional “una singular respuesta emocional original que en sí puede ser éticamente neutra y merece consideración aparte por sí misma”. A este estado puramente religioso del espíritu aplica el término de “numinoso” y lo equipara al reconocimiento de un “Algo, cuya naturaleza al principio puede parecer que tiene escasa relación con nuestros términos morales ordinarios, pero que más adelante se carga de la más alta y profunda significación moral”.
La de este “Algo” sólo gradualmente va siendo aprehendida; pero desde un principio es experimentada como una presencia trascendente frente a la autoconciencia del individuo: el sentimiento de que hay “lo otro” más allá de la conciencia humana, aunque también es experimentado como “lo íntimo” del hombre. En su presencia brota el sentimiento de “ser criatura”, del “propio abatimiento hasta la condición de nada en presencia de una fuerza absoluta, todopoderosa de alguna especie”.
Pero ese mysterium tremendun, este misterioso todopoderoso incluye en sí además el elemento de “fascinación”, atrayendo a los hombres hacia sí en la experiencia y en la comunión místicas. “Este objeto divino, demoniaco, quizá se presente el espíritu como motivo de horror y espanto, pero es al mismo tiempo y en igual medida algo que atrae con poderoso encanto, y la criatura que tiembla en su presencia, totalmente abatida y prosternada, siente siempre al mismo tiempo el impulso de volverse a ello y hasta de apropiárselo. Conforme este “tremendum” va adoptando formas concretas, surgen los el, baal, etc.; los “numen loci” en sus respectivos centros de culto, suscitando en sus devotos la actitud numinosa de espíritu, que halla su expresión en el grito ¡qué temible es este lugar!. El sentimiento de temor y reverencia debe suscitar la conciencia de una relación con un “otro distinto a sí mismo” capaz de responder a las necesidades del hombre; un “más allá que está dentro de sí” y todo alrededor y por encima.
IMAGENES NUMINOSAS SOÑADAS POR UNA NIÑA.
Cuenta C. G. Jung en El hombre y sus Símbolo: “...Un caso muy importante constituyó el de un hombre que también era psiquiatra. Un día me trajo un librito manuscrito que había recibido como regalo de Navidad de su hija de diez años. Contenía toda una serie de sueños que ella había tenido a los ocho años. Constituían la más fatídica serie de sueños que jamás haya visto y comprendí de sobre por qué su padre estaba tan intrigado con ellos. Aunque infantiles era misterioso y contenían imágenes cuyo origen eran totalmente incomprensibles para el padre. He aquí los pertinentes motivos del sueño:
1. “El animal malo”, un monstruo parecido a una serpiente con muchos cuernos, mata y devora a todos los otros animales. Pero Dios viene en los cuatro rincones, de hecho cuatro dioses independientes, y resucitan a todos los animales muertos. 2. Una ascensión al cielo, donde se están celebrando danzas paganas; y un descenso a los infiernos, donde los ángeles están haciendo buenas obras. 3. Una horda de animalillos asusta a la soñante. Los animales crecen hasta un tamaño tremendo y uno de ellos devora a la niña. 4. Un ratoncillo es penetrado por gusanos, serpientes, peces y seres humanos. De ese modo el ratón se convierte en humano. Esto retrata la cuatro etapas del origen de la humanidad. 5. Ve una gota de agua como cuando se la mira por un microscopio. La niña ve que la gota está llena de ramas de árbol. Esto retrata el origen del mundo 6. Un niño malo tiene un terrón de tierra y tira trozos a todo el que pasa. De ese modo, lo que pasan se convierten en malos. 7. Una mujer borracha cae al agua y sale de ella renovada y serena. 8. Las escena es en Norteamérica, donde mucha gente rueda por encima de un hormiguero y es atacada por las hormigas. La soñante, presa del pánico, cae al río. 9. Hay un desierto en la luna donde la soñante se hunde tan profundamente que llega al infierno. 10. En este sueño la niña tiene la visión de una bola luminosa. La toca. De la bola salen vapores. Viene un hombre y la mata. 11. La niña sueña que está gravemente enferma. De repente le salen pájaros de la piel y la tapan completamente. 12. Nubes de mosquitos oscurecen el sol, la luna y todas las estrellas, excepto una. Esta estrella cae sobre la soñante.
En el original completo alemán, cada sueño comienza con las palabras de los cuentos de hadas tradicionales “Había una vez...” La niña vivía en el extranjero y murió de una enfermedad infecciosa un año después de aquellas Navidades...Jung asevera que si la soñante hubiera sido un hechicero primitivo, se podría suponer razonablemente que los sueños representaban variaciones de los temas filosóficos de muerte, resurrección o restauración, origen del mundo, creación del hombre y relatividad de los valores. Pero había que desechar sueños por su desesperanza si tratáramos de interpretarla desde un nivel personal. Indudablemente contienen “imágenes colectivas” y, en cierto modo, son análogas a las doctrinas enseñadas a los jóvenes en las tribus primitivas cuando va a ser iniciados como hombres. En ese tiempo aprende lo que Dios, o los dioses, o los animales “modélicos” han hecho, cómo creados el mundo y el hombre, cómo vendrá el fin del mundo, y el significado de la muerte... Esos sueños abren un aspecto nuevo y casi terrorífico de la vida y de la muerte.
Tales imágenes serían de espera en una persona anciana que revisa su vida pasada pero no en un niño que naturalmente miraría hacia su porvenir...Sin embargo esos sueños eran la preparación para su muerte...Era como si los acontecimiento futuros proyectaran hacia atrás su sombra produciendo en la niña ciertas formas de pensamiento que, aun estando normalmente dormidos, describen o acompañan el acercamiento de un suceso fatal. A pesar que la forma específica en que se expresan es más o menos personal, su modelo general es colectivo. (Carl G. Jung El hombre y sus símbolos)
Lo que observamos en el símbolo es precisamente la enorme preponderancia del arquetipo sobre situación psicológica de la niña. Ahora, bien, “tanto en el sueño como en los productos de las psicosis se han encontrado innumerables conexiones que no tienen paralelo, sino en las asociaciones de ideas mitológicas...Si un examen escrupuloso de todos los casos singulares hubiese llevado al resultado de que en las mayoría de ellos se trataba de conocimientos olvidados, el médico no se hubiese tomado la molestia de emprender indagaciones extensiva acerca de los paralelismos individuales y colectivos, pero, en realidad los mitologemas típicos han sido observados precisamente en individuos en quienes se excluían absolutamente conocimientos de esa índole y respecto de los cuales eran incluso imposibles las derivaciones indirectas de ideas religiosas eventualmente conocidas o de metáforas del lenguaje hablado.
Tales resultados han hecho necesaria la hipótesis de que se trataba, en cambio, de reviviscencias “autóctonas”, independientes de toda tradición, y al mismo tiempo de la existencia de elementos estructurales mitopoyéticos de la psique inconsciente. La variedad de los símbolos es sumamente extensa. Símbolos de figuras humanas: “padre e hijo, madre e hija, rey y reina, dios y dioses. Símbolos teriomorfos son: el dragón, la serpiente, el elefante, el león, el oso, y otros animales poderosos, o bien, por el contrario, la araña, el cangrejo, la mariposa, la cucaracha, el gusano, etc. Símbolos vegetales son, ordinarios, flores (¡cieno y rosa!). Estos forman un tránsito a las ideas geométricas, como el círculo, la esfera, el cuadrado, la cuaternidad, el reloj, el firmamento, etc”. Pero no se trata de meras imágenes, aun si deformadas: cada una de ellas está cargada de un significado e indica una acción; y en este sentido es expresión de un arquetipo, aunque un arquetipo pueda expresarse por símbolos diferentes, representados con imágenes.