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Avatar, consciencia planetaria
Por Alejandro Christian Luna

Publicado originalmente en la Revista Medium Coeli Nº 22. Marzo 2010.
Prohibida su reproducción sin autorización del autor o de Medium Coeli.

pandora arbol

Cuando una obra artística (sea en pintura, literatura, música o cine) se hace muy pero muy popular, podemos inferir que hay un mensaje que está resonando en el inconciente colectivo de la humanidad; y al tocar esas fibras tan profundas y esenciales, la obra se transforma acaso en un clásico.
Si de cinematografía se trata, el film más taquillero de la historia hasta estos momentos había sido Titanic (1997), recaudando 1.800 millones de dólares. Como sabemos, cuenta una historia de amor entre dos jóvenes en medio de la ida a pique del transatlántico más enorme y lujoso construido hasta esa fecha. De alguna manera, la historia prefiguraba el colapso de una economía basada en el "colosalismo", el barco más grande, más lujoso, los motores más poderosos y más gastadores de combustible. Todo a lo grande y sin la menor conciencia del costo (a la totalidad de la Tierra y de la humanidad) que implica una economía del tipo capitalista / industrialista salvaje. También una dolorosa enseñanza a la soberbia humana, el barco “inhundible” se hunde en su viaje inaugural. La película ganó 11 Oscars de la Academia de Hollywood y fue vista una y otra vez por miles y miles de personas. Y a decir verdad, estaba muy buena.

Una vuelta de Júpiter después, el director canadiense James Cameron lo hizo otra vez. La película Avatar rompió el record de Titanic, recaudando hasta ahora, a poco de su estreno, más de 2.100 millones de dólares. ¿Qué será lo que ahora resuena tan fuerte en el inconciente colectivo?

Avatares en un mundo nuevo
Antes de seguir, sepan que hablaremos del argumento de la película, así que si pretenden verla, pasen a otra nota y vuelvan cuando la hayan visto, cosa que aconsejo si gustan de la Astrología y del cine.
La acción ocurre en Pandora (un satélite del planeta Polifemo) en el año 2154. El lugar es habitado por unos alienígenas del tipo humanoide de la raza na'vi, con la que los humanos se encuentran en conflicto debido a que uno de sus clanes (los Onomaticaya) se encuentra asentado alrededor de un gigantesco árbol que cubre una inmensa veta de un mineral muy cotizado -el unobtanium- y que supondría la solución a los problemas energéticos de nuestra Tierra. Jake Sully, un ex soldado que quedó en silla de ruedas, es seleccionado para participar del programa Avatar, un proyecto que transporta la mente de los científicos a unos cuerpos genéticamente modificados, para que así la comunicación con los nativos resulte más sencilla. Pero el fin científico del proyecto es una mera excusa, el coronel Quaritch, quien dirige militarmente a los humanos en Pandora, convence a Jake para que le proporcione información de primera mano en caso de que fuera necesario recurrir a la fuerza para que los Onomaticaya se marchen. En un principio, Jake cumple su misión, pero se enamora de una hembra na'vi, Neytiri, y se da cuenta de que éstos jamás renunciarán a su hogar, haciendo inevitable un conflicto armado.

Como verán, hay poco de novedad contado de esta manera. De hecho, las películas Danza con lobos, Pocahontas y El último samurai son estructuralmente similares. Un hombre de una cultura "avanzada" y enemiga se enamora de una beldad lugareña, cambia de bando (se pasa a los buenos), combate, gana o pierde y fin de la historia.
Pero la obra artística, si realmente puede significar algo válido, tiene muchas maneras de ser interpretada: sociológicamente, estéticamente, psicoanalíticamente, etc. El autor José Antonio Delgado González analiza la película a través del filtro junguiano, mostrando los varios arquetipos que aparecen en el film: el de los hermanos gemelos, el anima y el animus, el Sí-mismo, la lucha entre el puer y el senex, etc. Sumaremos más tarde el punto de vista astrológico para obtener más información.

Para empezar, el concepto de "avatar" remite, en el marco del hinduismo, a una encarnación terrenal de un dios, en particular Vishnú. La palabra también se utiliza para referirse a encarnaciones de Dios o a maestros muy influyentes de otras religiones. Quienes se inscriben en el movimiento New Age suelen llamar avatares a figuras como Cristo, Buda, Lao Tse, Zoroastro, Ramakrishna, Sai Baba, Quetzalcoatl, Krishnamurti, Mahoma y otros. Siempre se trata de seres humanos investidos de una gran espiritualidad e imbuidos por una energía divina.

Por otro lado, en Internet y otras tecnologías de comunicación modernas, se denomina avatar a una representación icónica, generalmente humana, que se asocia a un usuario para su identificación. Los avatares pueden ser fotografías o dibujos, y de alguna manera representan nuestro doble digital; también son utilizados en juegos online y de rol.
En la película, gracias a la tecnología, la consciencia de un ser humano puede trasladarse a otro cuerpo, en este caso a un híbrido de humano y na'vi. Ese cuerpo casi artificial es un vehículo con ADN mixto especialmente preparado para vivir y respirar normalmente en Pandora. Es interesante que este Avatar tiene la piel azul como muchas deidades hindúes (Krishna, Shiva, Vishnú, etc.). Lo nuevo en este caso es que nuestro héroe no es del todo humano; desde el punto de vista físico es un híbrido dispuesto a hibridarse aún más con la raza nativa. (Desde el punto de vista hindú, un avatar también sería una especie de híbrido o mestizo interdimensional, pues aquí lo que se mezcla sería el plano espiritual y el plano material en un ser de carne, hueso y psique).

En el momento evolutivo que atraviesa nuestro planeta, meditar sobre mezcla, mestizaje e hibridación es fundamental. Nosotros, terrícolas, amamos apegarnos a una raza, una religión, un país, un partido político o un club de fútbol. Cuanto más identificados estamos con ello, más ajeno nos parecerá todo lo que dejamos afuera. Digo ajeno por no decir hostil. Así que cuando los enemigos no son los hutus, serán los serbios, los musulmanes, los salvajes unitarios, los infieles, los judíos o los hinchas de Boca y Huracán. Todo depende de donde pongo (o me pusieron) la identificación consciente.
Entonces el paso siguiente es darnos cuenta que no somos argentinos (o lo que sea) sino que profundamente somos terrestres. Lo que se viene dando cada vez con más intensidad es el choque de culturas, de nidos, de tribus, a fin de despertar en algún momento una conciencia planetaria. Creo que de eso tratará la Era de Acuario. En ese sentido puede decirse que Avatar es una película acuariana. Aquí nuestro héroe, se identifica totalmente con una raza alienígena sin perder su humanidad esencial.
En la evolución de la conciencia suele hablarse de tres fases: prepersonal / personal / transpersonal. O egocéntrica / sociocéntrica / mundicéntrica. Como tantas veces indicó Ken Wilber, el ego es biocéntrico y está atado al cuerpo, luego aprende a identificarse con su entorno cultural para poder llegar a adoptar una conciencia global y mundicéntrica. Justamente esa conciencia es el trampolín hacia la conciencia espiritual, cósmica o de unidad con el Todo.

Es un desarrollo natural que consiste en ir perdiendo poco a poco la identidad egocéntrica (eso de que esto es mío, mío), pasar por la sociocéntrica (Dios y Patria), y llegar a la mundicéntrica (ONU, Médicos Sin Fronteras, etc.). De aquí a sentirse uno con todos los seres sintientes no humanos hay otro paso más, pues la compasión no se siente solamente por el sufrimiento de tu vecino o de la humanidad entera sino por todo lo que vive y sufre (se deja atrás el narcisimo, el sexismo, el racismo y hasta el especismo1).
En Astrología, estas tres fases estarían representadas por una Astrología mágica prepersonal (los astros como dioses que marcan un destino prefijado y a los que hay que temer o adorar), una Astrología racional (controlar y usar la información para provecho personal) y una Astrología transpersonal (simbolizando y alumbrando la correspondencia dentro-fuera).


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