Si hay tanta polémica en torno a Jesucristo y al cristianismo, se debe a que la era astrológica de Piscis se
está cerrando, era de 2000 años que el Nazareno inauguró y le dio el tono, cambiando la historia: el amor
universal y la compasión son valores de Piscis. En todos los fines de era, hay un cuestionamiento de sus valores y
un balance general, antes de pasar a la siguiente (que es la Era de Acuario).
La era de Piscis se caracterizó por dos
fases: una de rechazo generalizado a la materia, al mundo, al cuerpo, exaltando el Reino de los Cielos, y que
podríamos superponer con la Edad Media (que no fue oscurantista, la Inquisición es al final de esa Edad); y otra
de culto a la materia que incluye el nacimiento de la burguesía, el lucro, el mercantilismo, los nacionalismos, el
racionalismo científico, el capitalismo. Ésta última fue regida por el signo de Virgo, el polo opuesto a Piscis,
polos a los que damos un valor unitario: no existe Piscis sin Virgo. Los dos peces enfrentados marcan aquella
dicotomía excluyente que nos acompaña desde entonces: el espíritu o la materia, el alma o el cuerpo, el
misticismo o el sexo, el Cielo o la Tierra.
En la nueva era debe hacerse la unión, el casamiento de esos aparentes
opuestos. El Padre Nuestro nos habla de esa relación; el Hijo, Dios hecho carne, es su símbolo vivo.
Jesús es martirizado, los primeros cristianos son perseguidos también, pero después se da vuelta la tortilla: los
judíos son los perseguidos, encarnando la sombra del capitalismo, que es el afán de lucro. Sabemos que el chivo
expiatorio es una dinámica del signo de Piscis: hay que encontrar un culpado para que cargue con lo que no nos
gusta ver de todos nosotros, en fin.
La culpa la tienen los padres, la sociedad, una raza, el gobierno, fulano, algo
que no soy yo (la completa responsabilidad por la vida es uno de los valores de la nueva era). Salvador y Víctima,
sufrimiento y redención, son arquetipos de aquél signo. La renunciación, el sacrificio en aras de la Totalidad
(vivida en el mundo) es un valor de una época que está llegando a su fin. “Ama a tu próximo (los cercanos) como
A TI MISMO” no es precisamente un mensaje de sacrificio.
“Deja todo y sígueme” es simbólico, un mensaje de
des-identificación: deja todas tus identidades (familiares, nacionales, de género, de roles) porque el Espíritu no
tiene identidad. El sacrificio es simbólicamente el dejar el pasado, el peso de todas las inercias, el salto corajudo a
la libertad espiritual. Dejemos las dicotomías, los conflictos. “Amar al enemigo” es exactamente dejar de señalar
culpables.