Cuando los humanos investigan y ven a través de sus vetas de autocomplacencia antropocéntrica, tiene lugar un profundo cambio de conciencia. La alienación amaina. El ser humano deja de ser un foráneo, apartado. Nuestra calidad de humanos, entonces, pasa a reconocerse meramente como la etapa más reciente de nuestra existencia; y a medida que dejamos de identificarnos exclusivamente con esta fase, comenzamos a entrar en contacto con nuestro lado mamífero, nuestra naturaleza de vertebrado, con una especie que solo recientemente surgió de la selva húmeda.
A medida que se dispersa la bruma de la amnesia, nuestra relación con las demás especies y nuestro compromiso con ellas se tranforman. Lo que aquí se describe no debe considerarse como algo meramente intelectual. El intelecto es solamente un punto de acceso al proceso descrito, y el más fácil de comunicar.
Sin embargo, para algunas personas este cambio de perspectiva es el resultado de acciones a nombre de la Madre Tierra. "Estoy protegiendo la selva lluviosa" se transforma en "Soy parte de la selva lluviosa y me protejo a mí mismo. Soy parte de la selva lluviosa que recientemente alcanzó la autoconsciencia". ¡Que alivio, entonces! Se acabaron los miles de años de una imaginada separación y comenzamos a recordar nuestra verdadera naturaleza. Es decir, el cambio es espiritual, pensar como una montaña [3], a veces llamado "ecología profunda.''
A medida que mejora nuestra memoria, a medida que se interiorizan las implicaciones de la evolución y de la ecología y nuestra mente sustituye las estructuras antropocéntricas obsoletas, nos identificamos con todas las formas de vida. A continuación viene la toma de conciencia de que la distinción entre "vida" y "sin vida" es un constructo humano. Cada átomo de este cuerpo existía antes de que surgiera la vida orgánica hace unos 4000 millones de años. ¿Recuerdan nuestra infancia como minerales, como lava, como rocas? Las rocas tienen la potencialidad de transformarse en cosas como este cuerpo. Somos las rocas que danzan. ¿Por qué las miramos por encima del hombro con ese aire tan condescendiente? Ellas son una parte inmortal de nosotros.[4]
Si nos embarcamos en un viaje tan interior, podemos encontrar, al retornar a la realidad consensual de nuestros días, que nuestras acciones en nombre del medioambiente están purificadas y fortalecidas por la experiencia. Aquí hemos encontrado un nivel de nuestro ser que la polilla, la herrumbre, el holocausto nuclear o la destrucción de la reserva genética de la selva lluviosa no pueden corromper. El compromiso para salvar el mundo no disminuye con la nueva perspectiva, aunque el miedo y la ansiedad que fueron parte de nuestra motivación comienzan a disiparse y son reemplazados por un cierto desinterés. Actuamos porque la vida es el único juego que tenemos, pero las acciones basadas en una consciencia desinteresada y menos apegada pueden ser más efectivas. Con frecuencia, los activistas no tienen mucho tiempo para meditar. El espacio desinteresado que encontramos aquí puede ser similar a la meditación. Algunos maestros de meditación están acogiendo la ecología profunda [5] y viceversa [6].
De todas las especies que han existido, se estima que en la actualidad existe menos de una en cien. Las demás se extinguieron. A medida que el ambiente cambia, cualquier especie incapaz de adaptarse, de cambiar, de evolucionar, se extingue. Toda la evolución ocurre de esta manera. En esta forma, un pez en busca de oxigeno, antepasado nuestro, comenzó a colonizar la tierra. La amenaza de extinción es la mano del alfarero que amolda todas las formas de vida. La especie humana es una entre las millones de especies amenazadas de una inminente extinción por la guerra nuclear y otros cambios medioambientales. Y a pesar de que es verdad que la "naturaleza humana", revelada por 12.000 años de historia escrita, no ofrece demasiadas esperanzas de poder cambiar nuestros hábitos ignorantes, codiciosos y belicosos, la historia fósil, inmensamente más extensa, nos asegura que PODEMOS cambiar.
Estudios sobre la evolución nos revelan que SOMOS el pez y la miríada de hazañas flexibles que han desafiado a la muerte. Está garantizado un cierto tipo de confianza, aun a pesar de nuestra reciente "humanidad". Desde este punto de vista, la amenaza de extinción aparece como la invitación a cambiar, a evolucionar. Después de un breve tregua de las manos del alfarero, aquí nos encontramos de nuevo en el plato del torno. El cambio que se requiere de nosotros no es una nueva resistencia a la radiación, sino un cambio de conciencia.
La ecología profunda es la búsqueda de una conciencia viable. Ciertamente la conciencia surgió y evolucionó bajo las mismas leyes que para todo lo demás. Amoldada por las presiones medioambientales, la mente de nuestros antepasados debe haber sido forzada, una y otra vez, a trascenderse a sí misma. Para sobrevivir a nuestras presiones ambientales actuales, debemos recordar conscientemente nuestro legado evolutivo y ecológico. Debemos aprender a pensar como una montaña. Si vamos a estar abiertos a evolucionar una nueva consciencia, debemos afrontar nuestra inminente extinción (la presión ambiental última). Esto implica reconocer que aquella parte de nosotros que rehuye la verdad, se esconde en la intoxicación y la hiperactividad de la desesperación de los humanos, cuya carrera de 4000 millones de años ya ha sido corrida y a cuya vida orgánica le falta un soplo para extinguirse.[7]
Una perspectiva biocéntrica, la conciencia de que las rocas SÍ danzarán y de que las raices van más allá de los 4000 millones de años, puede proporcionarnos el coraje para enfrentar la desesperación y acceder una conciencia más viable, que vuelva a ser sostenible y a estar en armonía con la vida.
"Para muchos, proteger algo tan vasto como este planeta aún resulta una abstracción. Sin embargo, puedo ver el día en que la reverencia por los sistemas naturales - los océanos, las selvas lluviosas, el suelo, las praderas y todas las demás formas de vida - será tan fuerte que ninguna ideología restringida basada en la política o la economía podrá vencerla."[8]
El término "ecología profunda'' fue acuñado por el ecoactivista noruego y profesor de Filosofía Arne Naess, y ha sido adoptado por académicos y ambientalistas en Europa, Estados Unidos y Australia. "La esencia de la ecología profunda es la de hacer preguntas más profundas... Preguntarnos qué sociedad, qué educación, qué forma de religión son beneficiosas para todas las formas de vida del planeta como un todo."[9]
REFERENCIAS
3. ``El ecologista silvicultor Aldo Leopold pasó por una conversión dramática, de una mentalidad `administrativa' e inspirada en una ecología poco profunda, basada sobre la idea del hombre que controla la naturaleza y gestiona sus recursos, a anunciar que los seres humanos deberían considerase `simples miembros' de la comunidad biótica. Luego de su conversión, Leopold pudo ver en forma estable y con `claridad luminosa,' a medida que superaba las ilusiones antropocéntricas de su tiempo y comenzó a `pensar como una montaña'.'' - George Sessions, Spinoza, Perennial Philosophy and Deep Ecology, Sierra College, Rocklin, California, 1979. Véase Aldo Leopold, A Sand Country Almanac, O.U.P. Londres, 1949.
4. Físicos prominentes como David Bohm (Wholeness and the Implicate Order, Routledge, 1980) y biólogos y filósofos como Charles Birch y John Cobb Jr. (The Liberation of Life, Cambridge, 1981) estarían de acuerdo con Alfred North Whitehead (Science and the Modern World, Fontana, 1926, 1ª ed, p. 133) en que ``una filosofía evolutiva rigurosa sería incompatible con el materialismo. La materia aborigen, es decir, el material desde el cual se origina una filosofía materialista, es incapaz de evolucionar.'' Puntos de vista similares a los de estos autores acerca de la interpretación de toda la ``materia'' (mejor concebida como ``eventos'') han sido desarrollados en Fritjof Capra, The Tao of Physics (Fontana, 1986), mientras que el mismo Tao Te Ching del siglo sexto de nuestra era nos dice que el ``Tao'' o el ``orden implicado,'' como lo llamaría Bohm, ``es la fuente de las diez mil cosas.'' (véase la traducción de G. Feng y J. English, Vintage, 1972).
5. ``Para Dogen Zenji, entre los otros que son `ni más ni menos que yo mismo', están las montañas, los ríos y la gran tierra. Cuando uno piensa como una montaña, también piensa como un oso negro, de modo que la miel chorrea por el pelaje mientras agarra el bus para ir a trabajar.'' - citado de Robert Aitken Roshi, maestro budista zen, ``Gandhi, Dogen and Deep Ecology'', Zero Magazine.
6. Theodore Roszak, por ejemplo, escribió en Person/Planet (Victor Gollanz, 1979): ``A veces pienso que no podría existir un criterio más profundo que el silencio para medir nuestro estado de preparación para una economía de permanencia.'' En otro contexto (Where the Wasteland Ends, Faber and Faber, 1974, p. 404), Roszak ha argumentado elocuentemente que, ``si la ecología debe trabajar en función de una transformación de conciencia, será porque los que la estudien reconocerán la verdad contenida en una sola línea de la poesia de Kathleen Raine: `No son las aves las que hablan, sino los hombres que aprenden el silencio.' ''
7. Para un uso creativo de la desesperanza, véase Joanna Macy, ``Despair Work,'' Evolutionary Blues, Vol. 1, No. 1, 1981 (PO Box, 448, Arcata, CA 95521, USA). Para echar una larga mirada al tema de nuestra extinción inminente, véase Jonathon Schell, The Fate of the Earth, Pan Books, 1982.
8. ``Not Man Apart,'' Friends of the Earth Newsletter, Vol. 9, No. 9, agosto de 1979.
9. Entrevista con Arne Naess, ``The Ten Directions,'' Zen Centre of Los Angeles Newletter,
Verano/Otoño de 1982.